Isla del coco

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Carta dirigida a Raül Romeva. Conseller d’Assumptes Exteriors, Relacions Institucionals i Transparència.

Hola Raül, ya que  compartimos el deporte me incliné por escribirte a ti esta primera carta en representación de todos los que injustificadamente estáis encerrados, me gustaría que les transmitas que estáis permanentemente en mis pensamientos, no dejo de protestar contra la vergonzosa situación que se comete día con día hacia vosotros.
Me llamo Jordi Roca Vallejo nací el agosto de 1965 en Barcelona, en 1973 mis padres emigraron a Costa Rica, como bien sabes en esos años todavía se prohibía enseñar en Catalan, entenderás porque te escribo en castellano, me disculpo por ello.

Quiero compartir con vosotros un escrito que hice hace unos cuantos años, mi experiencia al llegar a la famosa Isla del Coco donde abundan las leyendas de tesoros escondidos y donde muchos siguen buscando esas “monedas de oro.”
Con ello quisiera lograr dos cosas;
La primera regalaros un instante de libertad con las palabras recogidas esa mañana. De lograrlo me sentiría enormemente recompensado y honrado por ello.
La segunda dejar la analogía de una “Catalunya” como la que todos queremos ver, interpretada por la isla, entendiendo que no todas las personas  ven ese gran tesoro,  solo aquellos que afinan bien todos sus sentidos para poderla contemplar y por qué no, conducirla a una realidad…

Gracias y muchas gracias.

Isla del Coco

Con el chillido de la puntual sirena mañanera, la ansiedad entró en su punto más alto, ya teníamos dos días de estar navegando, y yo otros tantos de   imaginar esa grandeza leyendo los emocionantes relatos de corsarios del Oceanógrafo Jacques Cousteau, de pronto comprendí que era una realidad, estaba amaneciendo y  su majestuosidad estaba frente a mi. Todas las  preguntas de ¿cómo será? ó ¿que se sentirá?  Me daban vueltas en la cabeza, no  era para menos las expectativas habían sido muchas.
Sorpresivamente asomaron por la ventana  los primeros rayos de luz, aclarando  la espesa bruma del amanecer dejando en evidencia la silueta gris de lo que relataba ser un islote, refugio de antiguos viajes del pirata Morgan, poco a poco pero sin retraso la isla se fue presentando en su plenitud y abundancia,  el sol siempre fiel compañero de  su majestuosidad,  hacía de las suyas jugando con la paleta de colores, innovando espectaculares combinaciones endémicas del lugar;
Me sacudió un escalofrío que me  regaló la escena, de inmediato cogí  la libreta, el lápiz y mi cámara Nikon  y subiendo las escaleras me apresuré a salir para dejar patente aquella perfección, abrí la puerta de la cubierta principal y de inmediato  quedé atónito al descubrir la belleza  presente  delante de mis ojos, los 360 grados  eran de una delicadeza y elegancia sin igual, los azules se armonizaban  con los grises y el aroma a mar, los naranjas se conjugaban con los verdes silenciosos de la selva y la brisa salada, y por si fuera poco, unos cuantos piqueros y fragatas  entonaban su canto en franca competencia con el retumbar de las olas blancas, como queriendo revelar  la realidad del  tesoro escondido.
En ese momento reflexioné que unas cuantas  fotos no podrían hacer justicia de  lo que ahí se estaba  viviendo,  sin perder el tiempo apague mi equipo y me dispuse a escuchar, sintiendo los colores que me regalaba ese amanecer, oyendo los delicados susurros,  tratando de hacerme participe de  lo que acontecía, comprendiendo que el tesoro escondido no lo trajo ningún pirata, ni eran unas cuantas  monedas de oro, aprendí que este al  igual que la  belleza deslumbrante  de la isla  son endémicos del lugar y están a la vista de todo el que lo quiera ver, era cuestión de afinar bien  todos los sentidos para poderlo contemplar y porque no, llevármelos en la memoria…

Jordi Roca



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